Meditaciones bíblicas sobre la migración

Octubre 20, 2013  Jeremías 31:27-34 – Lucas 18:1-8 – 2da Timoteo 3:14–4:5

Las lecturas de esta semana dan testimonio del pacto y del rol del/la profeta como conceptos vivientes.  Eso significa que no pueden estar “fijos o inalterables” para todas las épocas, especialmente en la sagrada escritura. Constantemente ha sido difícil diferenciar el término pacto por las dos palabras que lo acompa-ñaban: promesa y juramento. Por ejemplo, cuando se asume que la escritura hebrea es un documento final, la promesa original de Dios a Abram y Sarai se confunde con el pacto posterior que Dios y ellos “cortaron” (la raíz en el original hebreo del término pacto). A pesar que los pactos comprenden promesas mutuas y son confirmados (se firman conjuntamente) por dos partes, el pacto va más allá de las promesas.

Parte de su complejidad se revela en la evolución de su definición en diferentes lenguas y épocas. La palabra hebrea antigua para pacto venía del verbo “cortar”. En el primer pacto con Abram, el Señor pasó una olla de fuego entre las mitades de los animales sacrificados que Abram había cortado. En el pacto más reciente en los tiempos del Nuevo Testamento, el término común griego para pacto refería a un testamento, un contrato de acuerdo entre dos partes y “atestiguado”. Luego muy posteriormente en el latín de la iglesia la palabra venía de “covenir”, juntarse.

Es en latín que mejor resume la evolución religiosa de pacto: es una expresión de una relación permanen-te y de diálogo. Y ha habido algunas transiciones difíciles para llegar a esta definición. Los profetas hebreos jugaron un papel clave en el cambio del entendimiento limitante de pacto como la confirmación del carácter especial del pueblo de Dios y por lo tanto su derecho sobre Canaán. Era también la promesa que el pueblo hacía a diario hacia una visión futura diferente que algún día incluiría a toda la gente. En el latín de la edad media la palabra promesa se deriva del verbo “promitterre” que significa “ser enviad@”.  De esa manera, observamos la insuperable conexión entre promesa y misión. El entendimiento de Jeremías en cuanto a esa conexión le ocasionó decir, lo que algunos considerarían sacrilegio. “Yo haré un nuevo pacto…. No va a ser como el pacto que hice con sus antepasados…” (Jer. 31: 32 s).  Ese pacto anterior que el Señor sustituiría era la Torá, la roca firme de la fe del pueblo, el cual se re-escribiría en las respuestas de un pueblo en proceso de maduración frente a realidades extrañas y emergentes.

Pablo había demarcado su ministerio en el hecho de que la ley (pacto, Torá) era siempre reinterpretada, en tanto la promesa original del Señor encontraba las realidades que enfrentaba en cada momento nuevo, ca-da novedad extraña. Cuando pasó su mandato a Timoteo, Pablo menciona el mayor peligro de la interpre-tación del pacto en la acción diaria: la presencia constante de otros pactos. Por ejemplo, hoy tenemos  pactos nacionales que son narcisistas en su diseño. También hay pactos como el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (PIDCP). El primer tipo de pacto está edificado sobre el derecho de los estados nacionales para imponer su voluntad el uno sobre el otro y vencer uno al otro en el mercado común. El segundo tipo se basa en los derechos inherentes de todos los seres humanos, sean ganadores o perdedores en ese mercado. Así, el apóstol advierte al joven discípulo, “pues vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina… se amontonarán maestros de acuerdo a sus propias pasiones”. (2da Tim. 4:3)  Este es el punto al que llegamos.

L@s profetas de hoy en día, así como sus antecesores, ubican el pacto como el desarrollo de un diálogo  acerca de la justicia, no sólo con el poder de Dios, sino con el poder del mundo que, sin pensar, escoge la acumulación de riqueza sobre los derechos de l@s pobres. Las naciones siempre seguirán sus propios mitos. Organizaciones transnacionales como las NNUU deben incluir inalienables derechos humanos en la ecuación. L@s profetas de hoy están parad@s frente ambos como una viuda que ruega frente a un juez injusto, para que ninguna de las partes en el contrato puedan reclamar no ser intencionalmente injustos.   Incluir o meter intencionalidad y rendición de cuentas siempre trae fastidio, por consiguiente reacción.

© 2013 Jim Perdue, apoyando a la obra de metodistas unidas más otr@s por todo el mundo trabajando a favor de l@s migrantes. Traducción al español por Rev. Rosanna C. Panizo.

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